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portada revista sweetsk8 magazine

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viernes, 21 de mayo de 2010






Género Musical

En aquellos tiempos sin radio, ¿cuándo oía música la gente? Los domingos, cuando venía la banda a tocar en la placita del pueblo. Los que tenían fe, escuchaban el órgano en la iglesia. Los que tenían guantes de seda, asistían a la sala de conciertos. Nada más. Después vino el fonógrafo y su sucesor, el gramófono. Los inventos de Edison y Berliner permitieron almacenar música y ofrecerla a las visitas o bailar con ella sin necesidad de orquesta. Pero el repertorio era pequeño y las bocinas reproductoras, todavía mecánicas, no llenaban el ambiente.

Fue la radio la que desparramó música por todos los rincones del mundo, clásica y popular, la que sacó pianos y violines a la calle, la que capturó a la inasible Euterpe y la puso al alcance de todos los oídos y durante todo el tiempo que queramos. La radio se convirtió rápidamente en la banda sonora de nuestras vidas.

Necesitamos música cuando estamos solos. Y también cuando estamos acompañados. Cuando sentimos miedo, la música nos calma. Y nos alegra más cuando ya estamos alegres. La música nos saca fuera las penas. La música nos da el coraje necesario a la hora de combatir. Nos indigna, para
reclamar el derecho. Nos suaviza, para mostrar ternura. La música nos trae recuerdos y también nos hace olvidar. La música nos entretiene, hace la vida más placentera. Lo que el oxígeno para los pulmones, así es la música para el corazón humano.

En algunas radios demasiado educativas y un tanto recalcitrantes se hablaba de los programas musicales como espacios de relleno. Entre un comentario serio y una revista de salud, iba un poco
de música. Antes del informativo, algunas canciones frívolas como anzuelo de audiencia.
Lo que ocurre es que la gente no enciende el radio buscando educación, sino compañía. La raíz latina no puede ser más cálida: compañeros —cum panis— son quienes comen juntos el pan, quienes comparten la mesa.

La radio comparte la música. Haciéndolo, cumple su primer y más sagrado deber: entretener, alegrar, hacer más llevadera la jornada de aquella que barre y lava y plancha. Hacer menos solitaria la noche del guardián y relajar al chofer frente al semáforo. Electrizar al joven, que necesita cargarse de energía, para después botarla, también con música.

Llenar de melodías las largas tardes de los viejos, cuando ya los hijos se han ido de casa. Llenar de buenas ondas la reunión de los amigos y el
juego de cartas y el brindis por salud, dinero y amor. Quisieron menospreciar a la radio llamándola cajita de música. Ella se sonríe, sabiendo que ningún piropo le calza mejor. La primera amistad de la radio, su música. El servicio más fiel que brinda, su cancionero. Después, viene el resto.

¿Quién decide la música?

En algunas emisoras ocurre así, es el director o la directora quienes deciden la programación musical. Los locutores ponen los discos que saben o sospechan del agrado de aquellos. El jefe manda y acaba pensando que la emisora es su tocadiscos personal. Naturalmente, hay que acabar con estos caprichos de autoridad a fuerza de diálogo (invocando previamente a Santa Cecilia,
patrona de los músicos).

En otras radios, las locutoras y locutores tienen acceso directo a la discoteca y controlan la música de sus respectivos espacios. La ventaja de esta fórmula es la participación activa de animadores
y conductoras de revistas en la programación musical. El peligro, la posible arbitrariedad en la selección de los discos, las repeticiones injustificadas en el turno del próximo locutor o la falta de coherencia en el conjunto de la oferta musical.

Otra posibilidad consiste en contratar a un programador que se ocupe de pautar la música para todos los espacios a lo largo del día. Así se asegura la continuidad en el perfil musical de la emisora.
El riesgo, sin embargo, es doble: de una parte, la pasividad del locutor, limitado a presentar los temas musicales que otro seleccionó; de otra, el cansancio del programador después de algunas semanas combinando y recombinando los 200 ó 300 discos que suenan cada día.

Radios del interior que bailan al son que tocan las de la capital. Radios jóvenes que no imaginan otro camino que imitar la pauta de las ya posicionadas. Emisoras sin iniciativa musical.



A veces, esto se debe a que los discos les llegan tarde. O no les llegan. Y tienen que cubrir horas y horas de programación quemando los éxitos que ya pegaron las otras radios. Esta dependencia musical hay que quebrarla invirtiendo más en discos y bajando más discos de Internet.
Ocurre que esas grandes emisoras viven, a su vez, colgadas de las casas disqueras que son las que señalan los hits, las que fabrican los ídolos, las que venden discos y compran gustos del público.

Música a la carta

Cada radio tiene —o debe tener— un perfil musical. Este perfil —la mezcla de músicas y canciones que realizamos a lo largo de la jornada y que identifica a la emisora— depende directamente de los objetivos globales del proyecto radiofónico y se diseña desde los gustos de la audiencia a la que nos dirigimos, nuestro target. Si tu público objetivo son los sectores populares juveniles, a partir de sus preferencias establecerás el estilo musical de tu radio. Un público más adulto, o más urbano, o campesino, o femenino, de clase media o populachera, determinará otro perfil.

Comencemos, entonces, por definir destinatarios. ¿A quiénes queremos llegar? Una vez aclarado nuestro segmento preferencial de audiencia, podemos volver y precisar la anterior pregunta: ¿a quién corresponde decidir la mezcla musical de nuestra programación? La respuesta no puede ser más que dialéctica: depende de la demanda del público y de la oferta de la radio.

Ni la BBC ni la rockola de la esquina. Si sólo ofrecemos lo que nos piden, sólo nos pedirán lo que ofrecemos.

En el otro extremo, los profesionales saben lo que quieren, pero descuidan el parecer del público. La emisora organiza la oferta musical en base a sus opciones políticas o culturales. Conocí una radio independentista en Martinica que programaba canciones del Vietnam rebelde en los días del Carnaval, mientras los vecinos estaban pachangueando en las calles. Esta segunda visión resulta tan vertical como ineficaz.

Por eso, decimos dialéctica. La música que el público reclama, obliga a ampliar la discoteca de la emisora. Y la que la emisora suena, todavía desconocida, amplía el paladar musical del público.

Una encuesta permanente

El asunto es que todo el mundo opina sobre música. Calificamos el buen gusto nuestro, descalificamos el ajeno, todos nos sentimos representantes de las preferencias del público. ¿Será?

Muchos locutores apuestan por el teléfono. Me han llamado diez oyentes para felicitarme por el programa y pedirme la última de Madonna. ¿Y los diez mil que no llamaron? La comodidad de la línea telefónica —no hace falta salir de cabina— nos puede llevar a engaños. ¿Cuántos tienen teléfono en tu pueblo? Tal vez en ciudades grandes, la mayoría de la población está conectada.


En cuanto a las preguntas, nos inclinamos por pocas y sencillas. Por ejemplo:
Ciudad.......... Campo............
Mujer........... Hombre...........
Joven...... Adulto...... Tercera edad.......
1. ¿Escucha radio?
2. ¿Qué emisora prefiere?
3. ¿Qué música le gusta más?
4. ¿Qué cantantes le gustan más?
5. ¿Qué música no le gusta escuchar?
6. ¿Con qué música le gusta levantarse?
7. ¿Con qué música le gusta trabajar?
8. ¿Con qué música le gusta pasar la noche?
9. ¿Cuál es el programa musical de su preferencia? ¿Por qué?
10. ¿Qué locutor le simpatiza más? Aproveche para solicitar una canción.



¿Con cuál le complacemos?
Las 500 encuestas se pueden aplicar en una semana de trabajo, si contamos con algunos jóvenes amigos. En un fin de semana, trabajando con los colegas de la radio, se pueden tabular los resultados, hacer algunos gráficos que muestren las tendencias musicales de los oyentes, así como las diferencias y semejanzas según edades, sexo y sectores sociales de los encuestados.

Los discos, esos intrusos

En aquellos años 30, toda la música que salía al aire se hacía en vivo. Las emisoras tenían orquestas, no discotecas. El estudio de transmisión, más parecido a un salón de conciertos, era ocupado, mañana y tarde, por los músicos que apoyaban a los elencos teatrales, por los cantantes y los artistas.

Las canciones tienen pasaporte


Todas las naciones protegen su música y su cultura. En bastantes leyes de telecomunicaciones se reglamentan los porcentajes: 50% de música nacional, 50% de extranjera. Otros países, con menos producción propia, bajan la cuota: un 40% nacional, hasta un 30%. Cuba la subió: el 70% de los discos que suenen en la isla serán de música criolla. ¿Y si no hay tantos? Para que los haya.

Cuando hablamos de música nacional, no nos referimos exclusivamente a la que se compra en tiendas, la de aquellos artistas que han logrado grabar su disco y escalar la fama. ¿Por qué ese apartheid entre compositores e intérpretes, considerados profesionales, y los aficionados? Que estos últimos vengan a cantar en la emisora y —si sale chévere la grabación— sonaremos también sus temas musicales en la programación regular. Que canten quienes quieran cuando sacamos la móvil a la calle y a los barrios. Que salgan al aire todos los tonos y tonadas.

Los fecundos géneros musicales

La música, igual que la gente, nace en el seno de una familia. Los nuevos ritmos tienen antepasados comunes (los tropicales vienen de lejos, de la percusión africana; el bolero español está en la raíz de nuestros géneros románticos populares). Existen parentescos (la milonga y el tango son primos hermanos), apellidos robados (la salsa se lo robó al son), descendencias (el rock nació en la cuna del jazz, el soul y los blues), hasta bodas (hace poco se casó el huayno con la cumbia y de ambos nació la chicha peruana). Hay extraños concubinatos (el tecno-reggae, el merengue-rap, el tex-mex, el ska latino) y aparecen hijas casquivanas, como la balada, que se deja arrastrar por muchos ritmos seductores (por el rock, el calypso y hasta por la rumba).

Para poder mezclarlos y variarlos, lo primero es conocerlos. La familia de la cumbia, por ejemplo, se descubre rápidamente por el característico chiquichís-chiquichís del raspador. Pero quien no es colombiano, puede llamarle cumbia a las aceleradas guarachas y a los moderados vallenatos, que son otros géneros del país.

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